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Hermanas de talla baja son psicólogas reconocidas en Antioquia

Sentadas en la sala de su casa, con los pies suspendidos en el aire, Biviana y Yohana Martínez, las dos primeras psicólogas de talla baja del país, reciben cada día a personas de diversos municipios del oriente de Antioquia que las buscan para recibir orientaciones sobre cómo actuar en situaciones complejas.

“La mayoría prefieren que las dos los escuchemos”, dice Yohana, que tiene 25 años y mide 1 metro con 10 centímetros.
En el Carmen de Viboral, oriente de Antioquia, donde viven hace 11 años, se hicieron reconocidas porque durante un año hicieron su práctica académica en la Comisaría de Familia.

“Recibí el caso de un niño de tres años al que la mamá le pegaba y le quemó la espalda en el fogón. Eso me dolió mucho. El menor estaba afectado y le quitaron la custodia a la mamá”, recuerda Biviana, de 30 años y 98 centímetros de estatura.

En la Comisaría les adecuaron una mesa y unas sillas para que pudieran hacer sus tareas. Se pasaron de casa para quedar más cerca al trabajo, pues a ambas se les dificulta caminar y les duelen las rodillas.

Biviana, debe estar todo el tiempo conectada al oxígeno. Por sus luxaciones se le estropeó una vena que va del pulmón al corazón. Por esto en la casa llega un promedio de 120.000 pesos de energía, tres veces más que en las de las vecinas. La EPS le suministra cada mes un medicamento que cuesta dos millones de pesos.

A mediados del año las contrataron para acompañar un proyecto piloto de la Corporación Pequeñas Personas Latina. La tarea fue evaluar si nueve personas de talla baja estaban aptas para recibir un tratamiento con unas encimas para mejorar su calidad de vida.

La mayor siempre quiso ser psicóloga por la admiración que profesa por la psicóloga que la acompañó en su infancia. La menor optó por esta disciplina porque, entre la oferta que tenía, era la más afín con la medicina, la segunda carrera que se sueña con estudiar algún día.

“En la propia familia algunos pensaban que no podríamos con ese estudio, pero lo sacamos adelante en seis años”, afirma Biviana.

Aunque eran bachilleres habían descartado la posibilidad de ser profesionales. Su madre, Luz Helena Duque es ama de casa y el padre, Celio de Jesús Martínez, se gana un salario mínimo en una floristería cercana que lo acogió cuando la familia llegó desplazada del municipio de San Francisco.

La oportunidad esperada llegó luego de que las llamaran del colegio para que participaran en una convocatoria de la Fundación Rodrigo Arroyave, para estudiar en los programas de inclusión de la Fundación Universitaria Católica del Norte.

Una vez aceptadas la Institución les regaló un computador, porque el pregrado era virtual. La familia hizo el esfuerzo para pagar el servicio de Internet.

“No sabíamos nada de sistemas. Como yo me puedo mover más en la mañana ayudaba con algún oficio mientras ella avanzaba y luego me nivelaba. Algunas veces nos pasábamos de las 10:00 p.m. estudiando y amanecíamos como enguayabadas. El trasnocho nos hace daño”, recuerda Yohana.

Todo el tiempo con miedo

El estallido de una granada a una cuadra de donde estaban las Martínez les cambió la vida para siempre. Sintieron la violencia tan cerca que, incluso, cuando llegaron al El Carmen, cualquier sonido de pólvora las hacía entrar en pánico.

“Nunca nos desplazaron, pero nos venimos para evitar una tragedia. Mi esposo tenía una tierrita y varias veces tuvo que acudir a reuniones de la guerrilla e incluso, le tocó transportarle alimentos. No me imaginaba sin él, con mis tres hijos, porque ya había nacido Juan Pablo. Por eso mejor decidimos dejar la casa”, dice Luz Helena.

Un paro armado en el 2002 fue el momento propicio para salir del pueblo. Simularon estar enfermas y salieron en una ambulancia, pues ningún otro vehículo tenía paso. Celio se quedó, atravesó varios caminos.Pudo salir adelante del retén.

Al igual que en el colegio de San Francisco, en el nuevo colegio, el Fray Julio, les acondicionaron los pupitres. La mayor terminó undécimo y la otra retomó octavo. Allí estudia Juan Pablo, el menor, que tiene 15 años y va para un undécimo.

También carece de algunas encimas, por lo que presenta el síndrome de Morquio o mucopolisacaridosis (MPS), pero en un nivel bajo, pues mide 1,25. El endocrino le dijo a su mamá que podría llegar a 1,50 centímetros.

Se profesionalizaron en Antioquia por un programa virtual de
la Fundación Universitaria Católica. Ahora buscan empleo. Pese a que es una enfermedad hereditaria Luz Elena dice que ni en su familia y ni en la de su esposo hay memoria de la existencia de personas de talla baja, pero que desde el primer momento los médicos le explicaron que ocurría un caso similar entre 200.000 nacimientos.

“Al principio vivía angustiada porque me decían en la calle que no iban a pasar de 15 años. Incluso, mucha gente sentía pesar por mí, pero no había por qué, solo eran diferentes. Siempre salí y salgo con ellas orgullosa a la calle. Ahora estoy muy dichosa por sus logros académicos", sostiene Luz Elena.

En octubre pasado toda la familia viajó por primera vez en avión. Estuvieron, gracias al patrocinio de un amigo, en el Primer Encuentro Nacional de Personas de Talla Baja, en Yopal (Casanare). Presentaron una ponencia sobre sobre apoyo psicológico y superación para personas de talla baja. Era la primera vez que veían tantas personas de su estatura, muchos también profesionales.

La mayoría de la ropa que usan es donada. Los ‘capri’ de niña le sirven de pantalón a Biviana y a los pantalones talla 10 de Yohana su madre le coge el ruedo. Las blusas son de talla normal, aunque también se las recortan un poco. Prefieren las series de televisión a las novelas y de vez en cuando toman ron.

Biviana sueña con casarse y conformar una familia. Yohana si dice que el matrimonio no es para ella y que siempre vivirá con sus padres. Ambas son admiradoras de Freud y tienen como proyecto escribir un libro para que las personas de talla baja conozcan sus derechos.

“Por desconocimiento, nos llaman ‘enanos’, pero suena despectivo. Queremos que alguna persona confíe en nuestro talento. Tenemos movilidad reducida, pero los cinco sentidos; el ‘bajito’ es el que no puede cumplir sus metas”, concluye Biviana, la sicóloga de los sueños altos.

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