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Tras los pasos de un pequeño trovador antioqueño que venció la muerte

 

“Mamá no aguanto más esta enfermedad, me voy”, dijo para luego morir. Así recuerda Sonia Castaño las palabras de su hijo Sebastián cuando en el 2012 le practicaron una cirugía en el pie que, después, se complicó. Postrada al pie de una cama del hospital de Marinilla, ella tomaba la mano de su pequeño hijo que yacía sin vida.

Sebastián, de 13 años y quien venció una peligrosa enfermedad, hoy es el mejor trovador infantil del país. Nació en Marinilla (Antioquia). “Lloré desconsolada rogándole por varios minutos que no se rindiera, que volviera a mí”, recuerda. No se sabe si fue un error médico o si sus palabras surtieron efecto, pero él regresó a la vida. “Mamá por usted voy a luchar” fue lo primero que le dijo al abrir los ojos. Y, desde aquel día, Sebastián Marín ha cumplido su promesa. Aquella no fue la primera batalla que Sebastián ha librado en su vida. En dos años le practicaron 18 cirugías en sus pies. El derecho le fue amputado cuando tenía 2 años de edad, y el izquierdo le nació incompleto, por lo que deben limarle los huesos cada tanto tiempo. Actualmente tiene 13 años y las cirugías no cesan. “Las operaciones no me duelen, lo que no me gusta es la anestesia porque huele muy maluco”, confiesa Sebastián. Una sustancia que le inyectaron a su madre, Sonia, durante el embarazo (de la que ella no sabe qué es y nadie le ha dado razón de ello) hizo que Sebastián naciera con una malformación en los pies. “Poliomielitis es el diagnóstico más acertado pero ni ellos mismos saben”, cuenta Sonia. Ella afirma haberlo llevado a cuanta clínica hay en la ciudad, pero en ninguna le dan un diagnóstico acertado. Aún así, esta condición física no doblegó al pequeño Sebastián. Tampoco las burlas, el pesar ajeno o las dificultades económicas por las que pasa su familia. Con una prótesis en el pie derecho y una órtesis en el izquierdo, Sebastián aprendió a caminar, a montar en bicicleta y a practicar fútbol; acallando así las aciagas premoniciones de “él nunca va a poder caminar”. Pero él hizo de su limitación una fortaleza. Los libros fueron su refugio y las letras sus amigas. Y desarrolló un gusto por las trovas, arte propio de Marinilla. “No me importa lo que diga la gente, sé que tengo que ser mejor que los demás”, dice. Pasaron casi dos años desde aquella promesa hecha a su madre. La noche del 9 de agosto de 2014, Sebastián se encontraba en una tarima en el Parque de los Deseos. Cuando 6.000 personas corearon su apodo a todo pulmón: ¡Chiqui! ¡Chiqui! ¡Chiqui!, entre ellas su madre, moviendo al unísono los golpeadores inflables que desde su perspectiva parecían una marea humana, el corazón se le quería salir del poncho beige que le rodeaba los hombros y el sombrero aguadeño blanco, que ocultaba las pecas que le adornan las mejillas. Sebastián caminó a paso lento y descoordinado hasta el centro de la tarima, donde tenía lugar la final del Festival de la trova Feria de las Flores. Como todo en su vida, esa final también fue una batalla cuesta arriba. Enfrentó a su compañero ‘la Fiera’, y también a ‘Cuchilla’ y ‘el Gallo’, dos espigados trovadores que hacían gala a sus apodos sacándole versos fieros y ofensivos. Pero allí arriba, ‘Chiqui’ se hizo gigante. Dejó a un lado el consejo que le dio su madre: “no vaya a pelear”, y de su boca salieron trovas punzantes y precisas. “Trové que dejaría al gallo sin plumas y que la cuchilla no tenía filo”, cuenta Sebastián. Esas balas líricas fueron suficientes para lograr unir en un solo grito al fervoroso público. Fue otra victoria ante la adversidad, Sebastián Marín, ‘Chiqui’, se coronó Rey nacional infantil de la trova. Todos los ojos estaban puestos en él, pero los suyos se movían desesperados buscando los de su madre. “Solo pensaba en ir a abrazar a mi mamá, nada más”. Pero tan anhelado abrazo fue segado por varios guardias de seguridad que, sin importar cuántas veces ella repitiera “yo soy la mamá”, no le permitieron ingresar. Sonia solo pudo ver cómo las cámaras y los reflectores engullían a su hijo, alejándolo de ella y del abrazo que tanto añoraba darle. Fueron 40 minutos que parecieron horas. Por fin, los menudos brazos de ‘Chiqui’ rodearon a su madre en un abrazo interminable. Atrás quedó aquella hazaña que le dejó como premio un tiple, una cámara Cannon y un vitral. El pueblo de Marinilla lo nombró ‘Hijo ilustre’ por haberle devuelto el orgullo a este municipio que otrora fue cuna de grandes repentistas.

Pero Sebastián, el nuevo Rey, sigue siendo el mismo niño tímido de mirada afable, que le encanta la comida ‘chatarra’ y se sienta cada domingo en un pupitre de madera, junto a otros pequeños, a recibir clase de repentismo e improvisación. No sabe lo que le depare el futuro con su condición. “Está la posibilidad de un tratamiento para que le crezcan los huesos, pero aún es muy joven para eso”, dice su madre. Por ahora, Sebastián sueña con ir a una universidad en Estados Unidos y ser un ingeniero de sistemas, volar en parapente y seguir mejorando en sus versos, y en el fondo de su corazón, alberga la esperanza de que, al igual que sus trovas, sus pasos también sean coordinados. El apoyo de su pueblo y su familia fue vital Su familia y la comitiva que viajó desde Marinilla en un camión chiva, estallaron de júbilo cuando Sebastián ganó el festival de trova. Su maestro también gritó. Sin importarle que él también competiría en pocas horas, Edwin Alzate ‘Neruda’ soltó un alarido de emoción al ver que su estudiante, el mismo que nunca llegaría a caminar, aquella idílica noche voló sobre la cúspide de los mejores repentistas infantiles del país.

 

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